Recorrido – Maria Calcaño

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En la época de los 1900, en Venezuela y aun en demás países, puede percatarse un olor de muchos tabúes, muchos secretos customizados por una sociedad donde los deseos carnales detallosos o al menos, bien parafraseados no podrían ser divulgados sin tener alrededor dedos apuntando. Así, fue la época que vio nacer a María Calcaño en el año 1906 dentro de los brazos calurosos de la ciudad de Maracaibo.

La vida en esos tiempos no era fácil para una dama, estaba colmada de tradiciones estrictas y paradigmas sociales-patriarcales. Más dificil aun, se tornaba cuando esta incursionaba en un mundo literario cercano a trabajos de erotismo, donde el deseo era un protagonista vivo marcante de las sensaciones vividas en cada centímetro de la piel.

Aun siendo este el contexto, no fue suficiente para detener el brote de suspicacia y de buena coordinación literaria femenina y latente en María. Simplemente todo en ella era tan natural, que aun siendo presa de las condiciones de la época, un matrimonio arreglado, la vida de esposa y posteriormente madre de 6 hijos; no fue suficiente para detener su amor a la escritura.

Es por ello, que en el año 1935 se vio nacer su primer libro titulado Alas Fatales; un escrito impregnado de erotismo y sexualidad que apuntaban a acciones placenteras, propias de la feminidad y liberadas de ser solo un asunto de placer masculino.

Fragmento tomado de «Alas Fatales» (1935).

El sueño vivo

¡Hombre! ¿Qué me has hecho?
¿Qué me diste de beber en un beso
que tengo en el pecho
alegría y dolor?

Soñar y solar…;
pero estar despierta
y aturdida
de este hondo placer doloroso.

Y estoy de rodillas
con llanto
sobre las mejillas.
Salobre,
como un puerto nuevo
que golpea el mar!


Las tensiones y tradiciones de esos años, simplemente no pudieron comprender las corrientes creativas que describía la poetisa. Una baja aceptación tanto de los círculos sociales y familiares, aunado del señalamiento por parte de muchos; condujo al hecho de que abandonará el país amado y radicarse en Ecuador. En esa etapa de su vida también culmina la relación con su esposo Juan Roncajolo, que además de haber sido mayor que ella, también era alcohólico.

Al paso de los años sigue con la escritura, nada de lo sucedido había podido incidir en la destilación de inspiración donde Eros reinaba. Luego de un tiempo de ausencia de su país en el año 1940 decide retornar a Venezuela. Posteriormente se integra de manera no perenne un pequeño circulo de lectores, en esta etapa su vida amorosa pintaba una nueva oportunidad puesto que conoce a un escritor llamado Hector Araujo O. En el año 1953, es donde contrae nuevamente matrimonio, y se limita a críar un sobrino de su esposo.

Además de su primer libro, escribió dos más, uno titulado «Canciones que oyeron mis últimas muñecas» que sale a la luz en el año 1956. Sin embargo todo no era felicidad, en este mismo año se le diagnostica cáncer de pulmón y perdiendo la batalla con tan arrasante enfermedad muere.

Su otro libro es titulado «Entre la luna y los hombres» (1961), fue dado a la luz años después de su muerte, siendo su esposo quien incentiva la publicación del mismo, obviamente fue póstumo.

Es realmente lamentable que las obras de la hoy considerada primera poetisa venezolana fueran tapizadas por una sociedad que no comprendía ese nuevo despertar de la literatura, un afloramiento de la modernidad acompañada de sutiles versos descriptivos y apasionados. Sin embargo, resulta un tesoro tener entre la gama de escritores una mujer que no se dejo silenciar ni apartar de su amor más fiel, la escritura.

Fragmento tomado de «Canciones que oyeron mis últimas muñecas» (1956).

Había olvidado las muñecas
por venirme con él.

De puntillas,
conteniendo el aliento
me alejé de mis niñas de trapo
por no despertarlas…

Ya me iba a colgar de su brazo,
a cantar y bailar
y a sentirme ceñida con él:
como si a la vida
le nacieran ensueños!

Yo no llevaba corona,
pero iban mis manos colmadas
de bejucos floridos de campo,
de alegría, de amor, de fragancias.

Muchas noches pasaron encima
de aquella honda pureza sagrada.
Todo el cielo volcado en nosotros!

Había olvidado las muñecas.
Ahora él se ha ido.
Lo mismo.
Despacito, por no despertarme…

Fragmento tomado de «Entre la luna y los hombres (1961)».

Primer espanto de la niña con luna

Miro esto que brota dentro de mí,
y me arrodillo.
Y casi digo oraciones,
nombrando al padre muerto
con un gesto largo y extraño…
Como de lejanos países
vienen sonando piedras.
Y arañas menudísimas
por los rumores de las uvas.
¡Y explosiones de minas!
También niños
adentro de mi corazón…

Mi falda se arremolina,
se levanta como un barco,
haciendo señales
de alegría en la noche.
Mientras sigo llorando…,
alzando los brazos tanto,
que desaparecen los senos
en el viento.

En mis hombros
tiembla la noche;
una horca
que moviera en el aire
dos lunas.
Me acerca un miedo extraño.
Y me siento mujer,
¡deliciosamente mujer!


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